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"Ya no se trata de usar tecnología sino de pensar tecnológicamente"

Cristina Caldueño, directora de proyectos de CASTROALONSO legal, económico y tecnológico, publica hoy en el número 951 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), de Thomson Reuters España, un interesante artículo sobre la implementación del talento técnico en los despachos.

La revolución digital ha trastocado a las organizaciones. Las clásicas, con una jerarquía, un circuito de informa­ción y una toma de decisiones centra­lizada con abogados y como mucho con economistas, han dado paso como sabemos, a modelos colaboracionistas horizontales que priorizan los proyec­tos descendentes y que incorporan perfiles técnicos como factor destaca­do para generar más negocio y subirse al carro de lo digital y en algunos casos de lo desconocido.

En todo lo relativo al emprendi­miento de este ecosistema digital en el que nos movemos lleno de incertidum­bre, los informáticos, matemáticos, in­genieros, psicólogos y hasta filósofos ya se mezclan, conviven y enriquecen junto con los abogados digitales y no digitales en los despachos jurídicos. Por otra parte, a estas alturas los abo­gados ya saben que, sin competencias digitales, cultura digital, actitud tecno­lógica y habilidades sociales integra­doras será complicado salir adelante.

Visión más amplia del negocio

La incorporación de estos profe­sionales aporta otras visiones, otros métodos, que en el fondo los propios clientes del despacho han demandado y demandan en la actualidad. Funda­mentalmente por ese motivo ocupan ya puestos relevantes en las firmas ju­rídicas. Todos ellos aportan una visión mucho más amplia del negocio y faci­litan introducirse en nuevos mercados eminentemente tecnológicos.

Estos nuevos «grupos de trabajo» que podemos seguir llamando equipos multidisciplinares, en realidad preten­den ser conjuntos talentosos con per­files diferentes, disruptivos, con formas de pensar distintas. La convivencia de unos y otros puede tornarse complica­da por los modos, maneras y pareceres nuevos. Es evidente que para todas las partes es un esfuerzo extra interrela­cionarse y colaborar con compañeros que hasta el momento no formaban parte de las plantillas de los despa­chos jurídicos y que para algunos poco tienen que ver con el ámbito del De­recho. La realidad a día de hoy es que los despachos que han incorporado a sus plantillas profesionales de distintas ramas como la ingeniería, cuentan con resultados con un valor extraordinario y se acercan más a sus clientes con un servicio más competitivo, global e in­novador.

En la actualidad, la rápida evolu­ción tecnológica, unida a las nuevas áreas de conocimiento y la necesidad de regularlas, está imponiendo que los bufetes se lancen también a la búsqueda de expertos en inteligencia artificial, ciberseguridad, cloud com­punting, big data, realidad aumenta­da, etc. Por poner un ejemplo concreto, uno de los temas estrella en el ámbito legal es el de la justicia predictiva. Se trata de ofrecer datos fiables sobre la probabilidad de ganar o perder un caso basándose en la inteligencia ar­tificial. Otras tendencias que ya están integradas en algunos despachos son el uso del algoritmo, la integración de softwares, blockchain o la interacción con el cliente mediante chatbots y, de forma más incipiente, la prescripción a través del machine learning y el Inter­net de las Cosas.

Ante este panorama ¿quién se atreve a excluir a los ingenieros infor­máticos, de telecomunicaciones, mate­máticos o hackers éticos de los bufetes de hoy?

Es evidente que estos profesio­nales se hacen imprescindibles y que cada vez más los departamentos de recursos humanos de los despachos jurídicos se ven obligados a buscar y encontrar perfiles formados en uni­versidades que ofrezcan grados nove­dosos como el de Ciencia e Ingeniería de Datos, que actualmente puede cur­sarse en universidades como la UAB de Barcelona, la Carlos III, en la Poli­técnica de Cataluña o de Valencia y el próximo curso en la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón (EPI).

Ingenieros con experiencia en el sector legal

Para los nuevos titulados en es­tas ingenierías no deja de ser un reto atractivo ampliar conocimientos no previstos en la carrera. Se trata de expertos en tecnologías de la infor­mación, en gestión de proyectos, que están dispuestos a adquirir experiencia en el sector legal y dar un soporte de valor añadido a las operaciones desde el área de Tecnologías de la Informa­ción desarrollando, por ejemplo, herra­mientas de software jurídico.

Por su parte, aquellos licenciados en Derecho que sepan programar, aunque no sean especialistas, y que conozcan las principales herramientas digitales lo suficientemente bien como para colaborar directamente con los in­genieros y desarrolladores de software, llevarán las de ganar en esta nueva era llena de dilemas en donde la gestión de los datos se posicionará por encima del resto.

El desafío en estos momentos está quizá más en la propia educa­ción digital de los estudiantes, que pasa por la combinación de discipli­nas para enfrentar un futuro en el que las relaciones entre personas y má­quinas aún es una incógnita. Se trata de complementar la educación oficial basada en los contenidos del currícu­lo con una metodología que combine contenidos STEM (Science, Techno­logy, Engineering and Mathematics) y HECI (Humanity, Ethics, Creativity, Imagination).

Nadie puede ya poner en tela de juicio a estas alturas que los despa­chos actuales deben saber gestionar la diversidad, cambiar la mentalidad, su cultura, con perfiles más globales, tecnológicos y flexibles. Ya no se trata de usar tecnología sino de pensar tec­nológicamente.

A pesar de la incertidumbre la con­vivencia es un hecho, está dando bue­nos resultados y es irreversible.